Cuando nos llegue el momento de exhalar el último
suspiro, ¿qué nos espera? Quizá es esa ignorancia
de lo que hay más allá de la muerte lo que nos inspira
tanto temor. Pero algunos han logrado llegar a la frontera del
otro mundo, mirarlo y volver. Sus historias son fascinantes.
Me vi rodeado por una especie de nube rosada. No sentía
dolor alguno, sino una extraordinaria sensación de bienestar.
Oía las voces de la gente gritando en torno a mí:
¡Está muerto, está muerto! Ví cómo
me cargaban en una camilla y me cubrían con un tejido negro.
Quería gritarles que estaba vivo, pero no podía.
Luego tuve la impresión de que me colocaban en un féretro,
de asistir a mis propios funerales. Y pese a todo, no sufría.
Me parecía vagar en un mundo compuesto de un cielo azul
y una serenidad inmensa. Después, escuché la voz
de la enfermera que cuidaba mis heridas: "Permanezca tranquilo.
Está perfectamente vivo, aunque le habíamos dado
por muerto".
Así nos relata su experiencia cercana a la muerte el cantante
Charles Aznavour. Sucedió el 31 de agosto de 1956. Su coche
chocó con un camión, y él fue conducido a
un hospital, en coma. Al recobrar el conocimiento recordó
su extraordinaria vivencia, similar a la que narran millones de
personas en todo el mundo que, a consecuencia de accidentes, operaciones
o enfermedades, estuvieron en coma o clínicamente muertos,
y lograron recuperarse.
Estos relatos se conocen técnicamente como experiencias
de casi-muerte (ECM) o de muerte inminente. El inventor de este
término es el doctor Raymond Moody, quien lo popularizó
hace 25 años en su best seller mundial Vida después
de la vida. Este libro renovó la curiosidad popular por
lo que pueda esperarnos después de la muerte, inquietud
tan vieja como el ser humano.
Resulta asombroso que, antes de Moody, este fascinante fenómeno
estuviese prácticamente ausente de la literatura médica.
Por eso no es de extrañar que su libro, un tanto ingenuo
y más repleto de preguntas que de respuestas, suscitara
las iras de los escépticos, quienes consideraban que los
informes de unos cuantos cientos de personas no tienen gran validez
científica. Ello se debe al enfoque eminentemente racionalista
de la medicina y de los científicos en general, cuya actitud
suele ser despectiva con aquello que no se pueda medir y demostrar
de forma clara, y más aún si aparece rodeado de
ribetes místicos.
Sin embargo, uno de cada veinte norteamericanos adultos –
unos ocho millones de personas – parece haber vivido una
ECM. Esto es lo que se desprende de un sondeo realizado por el
Instituto Gallup en 1982, según el cual el 15 por ciento
de los encuestados afirma haberse encontrado alguna vez al borde
de la muerte, aunque no todos recuerden vivencias psíquicas.
De estos, el 11 por ciento describe una sensación abrumadora
de paz y ausencia de dolor; otro 11 por ciento experimentó
una rauda revisión de su vida pasada; otro 11 por ciento
tuvo la sensación de estar en un mundo diferente; un 9
por ciento se sintió fuera de su cuerpo; un 8 por ciento
notó que unos seres especiales estaban presentes durante
su experiencia; un 5 por ciento contempló luces cegadoramente
brillantes; un 3 por ciento percibió un túnel, y
el uno por ciento restante tuvo una sensación de tormento
infernal.
Si bien es cierto que los libros publicados sobre el tema han
animado a muchas personas influenciables a proporcionar detalles
más que imaginativos sobre sus ECM (o NDE, siglas de "Near-Death-Experience"),
la vasta dimensión alcanzada por este intrigante fenómeno,
y los interrogantes que suscita, requieren una atención
científica que, de hecho, ya ha comenzado a recibir. ¿Qué
describen los que llegaron hasta el umbral de la muerte y volvieron
para contarlo? ¿Son estas experiencias un anticipo de lo
que nos aguarda después de la muerte, o acaso tienen una
explicación más mundana?
Cardiólogos, cirujanos, psiquiatras, psicólogos,
biólogos y otros especialistas de todo el mundo intentan
dar respuesta a estas y otras preguntas, estudiando detalladamente
los dichos relatos.
Fines del siglo XIX: la investigación del fenómeno
comienza en los Alpes
El primer estudio sobre las ECM fue realizado hace un siglo por
el geólogo y alpinista suizo Albert Heim. Su interés
en estas experiencias se inició tras varios accidentes
sufridos en los Alpes. Durante varias décadas recopiló
un centenar de relatos de montañistas accidentados y de
otras personas que habían sobrevivido a caídas diversas,
heridas de bala y otros accidentes. Llegó a la conclusión
de que estas ECM eran extraordinariamente similares en el 95 por
ciento de los casos, independientemente de las circunstancias
que rodeaban a cada uno.
Durante tales vivencias, la actividad mental resultaba ampliada,
acelerada e intensificada enormemente. La percepción de
los acontecimientos y la anticipación del desenlace eran
inusualmente claras y objetivas. No sentían dolor, miedo,
ansiedad ni desesperanza, sino un sentimiento de seguridad, calma
y aceptación profunda. La duración subjetiva del
tiempo se expandía enormemente, y los individuos actuaban
con la celeridad del relámpago. En muchos casos tenía
lugar una rápida revisión de toda su vida pasada.
La experiencia culminaba con una paz trascendental, con visiones
de belleza sobrenatural y con un sonido de música celestial.
Heim estimaba que la aceleración mental "nace como
respuesta a un grado extremo de sorpresa, mientras que, en respuesta
a un grado inferior, muchas personas se sienten paralizadas",
considerando insatisfactorio que tales actos representen simplemente
actos reflejos.
Recordaba que, durante su propia caída por un glaciar,
una parte de él tomaba medidas para intentar frenar su
deslizamiento y reflexionaba sobre las condiciones de su caída
inevitable; mientras tanto, revisaba todo su pasado y pensaba
en su familia, concluyendo que durante aquellos escasos segundos
"las observaciones objetivas, los pensamientos y los sentimientos
subjetivos eran simultáneos".
A comienzos de siglo se realizaron tres estudios sistemáticos
sobre relatos de agonizantes y entrevistas con médicos
y enfermeras que los atendían. El psicólogo James
Hyslop descubrió hacia 1907 que los enfermos terminales
experimentaban, uno o dos días antes de morir, apariciones
de parientes o amigos, generalmente fallecidos, que intentaban
hacerles comprender que aún no había llegado el
momento de su muerte, o bien aparecían como sus guías
hacia el más allá. A idéntica conclusión
llegó en 1923 Ernesto Bozzano, padre de la parapsicología
italiana. En los años veinte, Sir William Barrett, médico
y pionero de la investigación paranormal, recogió
una serie de visiones descritas por agonizantes y descubrió
que éstas se producían frecuentemente mientras la
mente del individuo daba muestras de claridad y racionalidad;
por lo tanto, no podían atribuirse a alucinaciones. A veces,
el moribundo tenía la impresión de abandonar su
cuerpo, al tiempo que su aparición era percibida por sus
familiares. Advirtió que, a veces, las visiones no se ajustaban
al estereotipo cultural o a ideas preconcebidas de los pacientes,
y encontró casos de niños asombrados de ver ángeles
sin alas y otro al que se le aparecía un familiar que aseguraba
al agonizante que estaba muerto, en tanto sus parientes le habían
ocultado este fallecimiento.
Ni el estado febril ni los medicamentos ejercen influencia en
las visiones
En 1959, el psicólogo Karlis Osis realizó el primer
estudio científico sobre estas visiones. Mediante una nueva
metodología y un análisis estadístico de
los resultados, estudió las observaciones de médicos
y enfermeras que trabajan con agonizantes. Tras estudiar la influencia
de los medicamentos suministrados al enfermo en la frecuencia
de las visiones que experimentaba, concluyó que los factores
medicamentosos y los estados febriles no provocan un aumento en
la frecuencia de dichas visiones, e incluso llegan, en algunos
casos, a suprimirlas. En cuanto a los factores personales y sociológicos
del moribundo – sexo, edad, estatus socioeconómico
y creencias religiosas –, parecen tener escasa influencia
en sus experiencias, conclusión idéntica a la que
llegarán la mayoría de los investigadores posteriores.
Osis comprobó que tanto las visiones de pacientes terminales
como las de la población normal tienen un predominio visual,
en tanto que las propias de trastornos psiquiátricos son
sobre todo auditivas. Además, las ECM comportan de dos
a tres veces más visiones de personas fallecidas –
el 90 por ciento de las cuales eran de parientes próximos
– que las apariciones percibidas por la población
general.
Aparecen unas figuras fantasmales para hacernos compañía
en el viaje
Posteriormente, en colaboración con el doctor Haraldsson,
Osis emprendió dos nuevas encuestas en dos países
de raíces culturales y religiosas muy diferentes: los Estados
Unidos y la India. Casi la mitad de los 1.708 médicos y
enfermeras consultados les comunicaron visiones de moribundos.
De los 877 pacientes estudiados, 591 habían señalado
al personal sanitario apariciones de aspecto humano, 112 tuvieron
visiones paradisíacas y 174 no comentaron experiencia alguna,
pero su estado de ánimo se había elevado hasta alcanzar
una paz y serenidad perfectas. La mayoría de las apariciones
– mucho más frecuentes a medida que se acercaba el
momento de la muerte – eran breves, pero un 17 por ciento
de ellas duraron entre seis y quince minutos y otro 17 por ciento
más de una hora. El 80 por ciento de los aparecidos fueron
identificados como personas muertas o figuras religiosas, en tanto
que las alucinaciones fantasmales que tiene la población
general – según el estudio realizado hace un siglo
por la SPR – sólo comportan un 33 por ciento de apariciones
de difuntos, frente a un 77 por ciento de manifestaciones de personas
vivas.
En ambos países, muchos pacientes que habían experimentado
visiones las identificaron como mensajeros del más allá,
que en 196 de los casos acudían para conducirlos hacia
el otro mundo. El encuentro con ellos resultaba tan agradable
que les hacían olvidar las penas y dolores de la vida terrestre,
hasta el punto de que algunos parecían haber muerto en
un acto de respuesta a la aparición, aun cuando su curación
constituía una certeza para los médicos. Casi la
tercera parte tuvo experiencias negativas, debido a la resistencia
que opusieron a la aparición o al terror que ésta
les provocaba.
Aunque apenas había diferencia entre las ECM narradas
por los sujetos de ambos países, un tercio de los hindúes
rechazaban violentamente las apariciones (predominantemente religiosas),
mientras que los americanos decidían seguir su llamada
(que generalmente identificaban con parientes o amigos difuntos)
y morían tranquilamente. Este hecho resulta asombroso,
ya que, al creer en la reencarnación, los hindúes
deberían estar más predispuestos a morir. Los dos
psicólogos opinan que estas visiones se originan en la
percepción extrasensorial de una realidad exterior sutil.
Un argumento favorable a la supervivencia postmortem – según
Osis – es que "las apariciones parecen mostrar una
voluntad propia, en lugar de expresar los deseos y la dinámica
interna de los pacientes".
A partir de 1971 el psiquiatra Russell Noyes estudió críticamente
104 ECM de personas que habían sufrido accidentes de carretera,
y propuso una explicación psicológica para esas
personas. Encontró diversas constantes que se repetían
en muchas narraciones y las ordenó en tres etapas sucesivas.
La primera, a la que llamó resistencia, se caracterizaba
por el reconocimiento del peligro, el miedo a morir, la lucha
por la vida y la aceptación final de la muerte. Durante
la segunda, o revisión de la vida, acompañada generalmente
por un sentimiento de paz, el sujeto revive – de manera
condensada y panorámica – los recuerdos más
importantes de su existencia; aparece frecuentemente asociada
a la sensación de encontrarse fuera del cuerpo, lo que
probablemente detenga el miedo a la aniquilación que nos
inspira la muerte. Durante la fase final o trascendencia experimenta
estados de conciencia místicos, que le llevan a trascender
el tiempo, el espacio y su propia identidad personal, en medio
de una felicidad inolvidable.
En 1975 un best seller disparó el interés por la
muerte a nivel mundial
Hasta 1975 estas investigaciones apenas habían trascendido
a unos cuantos miles de especialistas e interesados por estos
temas. Es a partir de la publicación del libro del doctor
Moody que las ECM llegan al gran público, despertando un
enorme interés en todo el mundo. En él, Moody sintetiza
las conclusiones a las que ha llegado tras analizar los testimonios
de 150 ECM. El libro aparecía prologado por la doctora
Elisabeth Kübler-Ross, quien asegura haberse encontrado con
muchos casos idénticos y estar impresionada por la reiteración
de algunos detalles. Esta psiquiatra suiza comenzó a interesarse
por los moribundos en 1965, y creó unos famosos seminarios
sobre el trance de la muerte dirigidos a médicos, enfermeras,
pacientes terminales y familiares de éstos. Sus experiencias
y hallazgos sobre la agonía y sus diversas etapas han provocado
una verdadera revolución en torno del acto de morir.
Las ECM recogidas por Moody correspondían a tres tipos
de personas: las declaradas clínicamente muertas y luego
reanimadas, los que perdieron la conciencia a raíz de un
accidente grave y los agonizantes que son capaces de narrar lo
que experimentan. Tras un análisis comparativo, encontró
algunos elementos característicos que surgen en ellas con
una asombrosa constancia. Con éstos ha diseñado
una ECM tipo, corroborada y ampliada por sucesivos estudios, cuyas
conclusiones hemos incorporado al modelo para su mejor comprensión,
aunque sólo algunas de las experiencias incluyen la totalidad
de aquéllos y su orden a veces varía.
La ECM es esencialmente inefable, completamente ajena a todo
lo que ha conocido quien la vive, por lo que éste encuentra
muy difícil de expresar lo que le ocurrió. El individuo
describe frecuentemente una vivacidad acrecentada de las percepciones
auditivas y visuales. Escucha cómo lo dan por muerto. El
último sentido que se pierde es el oído; y realmente
los médicos han comprobado que el último nervio
que se desconecta, al morir, es el auditivo. Lo invade un inmenso
y agradable sentimiento de paz, quietud y dicha. Escucha ruidos
extraños y desagradables, un zumbido cuya procedencia ignora.
Tiene una sensación de ligereza o ausencia corporal. Siente
que se eleva, flotando mediante un cuerpo espiritual que tiene
una forma indescriptible – algunos lo definen como una nube
multicolor o campo de energía –; cambia radicalmente
de perspectiva, ve su propio cuerpo y observa desde arriba lo
que sucede.
Al final del túnel, amigos y parientes ya fallecidos nos
dan la bienvenida
También experimenta un alargamiento o una no percepción
del tiempo. En ocasiones se siente atraído por un túnel,
corredor, embudo, portal, escalera o vacío oscuro, como
una intensidad infinita que se abre entre él y a través
de la cual cae o se desplaza rápidamente. Al entrar en
este túnel, algunos oyen un zumbido o vibración
eléctrica. Otros agonizantes ascienden rápidamente
al cielo y ven el universo desde una perspectiva astronáutica,
como le ocurrió al eminente psicoanalista Karl Jung, tras
un infarto que sufrió en 1944. Al final de este pasadizo
percibe una luz hermosa e intensísima, que no le impide
observar cuanto lo rodea; una luz que parece inundarlo todo y
desprende una formidable radiación de amor. En ocasiones,
contempla escenas pastoriles de belleza inolvidable, o hermosas
ciudades de luz indescriptible. Otras veces escucha voces o músicas
celestiales, experimenta un sentimiento de unidad y un abandono
acompañado de calma o éxtasis y de una conciencia
clara.
A veces este resplandor procede de seres luminosos. Entre ellos
reconoce a figuras de parientes y amigos ya fallecidos, u otras
de carácter religioso; todos tienen un cuerpo tan indescriptible
como el suyo y parecen dispuestos a ayudarlo en su tránsito.
Irradian amor y comprensión total, que produce en él
un deseo de permanecer para siempre en su compañía.
Aunque la mayoría de los moribundos lo reciben felices
y serenos, el miedo a morir hace que algunos rechacen su presencia.
Asiste a una revisión panorámica de su vida pasada
en la que los recuerdos se suceden a un ritmo muy rápido,
sin perder por ello precisión y sin ningún esfuerzo
o control por su parte. En algunos casos el ser que lo guía
mentalmente a través de esa revisión lo ayuda a
evaluarla y le muestra las lecciones que puede extraer de sus
errores, sin reproche o castigo alguno. Esto nos recuerda la noción
del juicio postmortem, que se repite en muchas tradiciones religiosas.
Sus más remotos recuerdos – tanto los felices como
los desagradables – asaltan su conciencia en una visión
colorida, realista, tridimensional y simultánea. Ve cada
uno de sus actos juntamente con los efectos que han tenido sobre
sus semejantes. Cuando regrese pensará que lo más
importante en su vida es el amor y el conocimiento, las dos únicas
cosas que podrá llevarse cuando muera.
Después se aproxima a una suerte de frontera – simbolizada
por un río, una puerta, una niebla gris... – entre
esta vida y un estado sucesivo. No quiere volver atrás
y desea entrar en esa luz esplendorosa. A veces llega a franquearla
pero, en cierto punto, algo lo detiene, y comprende que debe volver
a la Tierra. En ocasiones le dan a elegir entre regresar o quedarse,
y pese a su fascinación por lo que experimenta, algunos
deciden lo primero, debido a sus responsabilidades familiares.
En otras, su oposición a abandonar ese estado repleto de
amor, alegría y paz hará que el resucitado se enfade
con los médicos por haberlo devuelto a la vida, aunque
luego estará contento de haber regresado.
De pronto se siente de nuevo dentro de su cuerpo. El regreso
es brutal y frecuentemente desagradable. Está impresionado
por lo que acaba de vivir. Quiere contarlo todo, pero encuentra
dificultades para expresarlo o siente que poca gente lo aceptará,
por lo que prefiere no decir nada. Advierte un cambio radical
de su escala de valores y su comportamiento y aprende a apreciar
mejor la vida, las relaciones con los demás y los pequeños
detalles. En ocasiones experimenta más energía y
una mayor conciencia de su propia finitud y se convierte en una
persona más espiritual y ávida de conocimiento.
Ya no tiene miedo a la muerte. Resulta curioso que, por lo general,
estas descripciones no incluyan las escenas tradicionales del
cielo, infierno, ángeles alados y demonios amenazantes.
¿Se trata de un mito moderno alimentado por la literatura
que se ha publicado sobre el tema y que influye en lo que creen
haber visto quienes se enfrentan a esa situación? Esta
es la primera duda que nos asalta cuando escuchamos relatos tan
coincidentes. Una duda que el propio Moody se encargó de
despejar en su primer libro. En él destaca los paralelismos
entre las descripciones modernas y algunos textos antiguos que
se refieren a la vida postmortem, como los escritos de San Pablo,
los egipcios, Platón, el científico y místico
Swedemborg o el Libro tibetano de los Muertos.
Otros investigadores han encontrado nuevas semejanzas de las
ECM modernas con antiguas descripciones; Carol Zaleski ha dedicado
todo un libro a analizar comparativamente las similitudes con
los diversos relatos del viaje al más allá que se
encuentran en el cristianismo medieval y con escritos anteriores.
Frederck H. Holk ha encontrado numerosos ejemplos de ECM en relatos
religiosos y folclóricos, que van desde los escritos zoroastrianos
y budistas hasta las tradiciones de los indios americanos. Comparándolos
con las descripciones contemporáneas, descubrió
cuatro similitudes: experiencia de abandonar el propio cuerpo,
asociada al sentimiento de poseer un cuerpo espiritual; encuentro
o reunión con antepasados y amigos fallecidos; visión
de una luz cegadora; descubrimiento de una frontera entre dos
mundos.
Al libro de Moody siguió una larga serie de trabajos que
obligaron a los médicos a tomar en serio las ECM.
El contraataque de los escépticos: alucinaciones y enfermedad
mental
Y nos enfrentamos a la pregunta de fondo: ¿cómo
hemos de interpretar estas experiencias? Esta pregunta tiene una
importancia trascendental para todo ser humano, sobre todo si
recordamos que la mayoría de las civilizaciones han construido
sus creencias y su visión del otro mundo inspirándose
en las visiones transmitidas por personas que estuvieron al borde
de la muerte. Ello puede significar que, según interpretemos
las ECM, obtendremos una visión materialista o trascendente
no sólo de nuestra propia existencia sino de la misma historia
universal de las religiones y las culturas. Para muchos que las
han investigado, éstas constituyen un argumento de peso
a favor de que la conciencia sobrevive después de la muerte,
pero ninguno pretende que esta opinión tenga una base científica.
La réplica de los escépticos no se ha hecho esperar:
han planteado todo género de objeciones a esta interpretación.
Parten de que quienes han descripto las ECM, de hecho, no habían
llegado a morir verdaderamente. Algunos las explican como elaboraciones
inconscientes, producidas por la tensión psíquica;
otros estiman que se deben a alucinaciones que acompañan
a la agonía, provocadas por desórdenes químicos
debidos a la secreción de endorfinas y de otras drogas
naturales que inducirían a estados alterados de conciencia.
Hay quienes creen incluso que con un tipo de enfermedad mental.
Existen interpretaciones psicológicas y psicoanalíticas
para todos los gustos, incluida la del trauma natal, experiencia
inconsciente común a todos los individuos, independientemente
de sus creencias, en la que nos vimos forzados a entrar en el
oscuro túnel del parto, siendo arrastrados a un mundo lleno
de luz en el que nos acogen seres amorosos: el recuerdo de nuestro
propio nacimiento.
Pero todas estas teorías, o bien tienen tan escaso fundamento
científico como la trascendentalista, o son incapaces de
explicar los casos de experiencias extracorporales constatadas,
ni aquellos en los que el moribundo asegura ver a familiares cuya
existencia recientemente ignoraba.
Quedan por último los numerosos casos de niños
que, en ocasiones, a muy corta edad – y sin que, por lo
tanto, puedan estar muy influenciados culturalmente – han
vivido un ECM y han dado detalles muy similares a los proporcionados
por los adultos.
Conclusión: quizá morir no sea tan terrible como
la gente cree
La explicación científica más convincente
de las ECM pretende que estas imágenes pueden representar
una herencia inconsciente que emergería desde el trasfondo
oscuro de nuestra conciencia, como una respuesta a la situación
de máximo estrés, fatiga y peligro que supone la
confrontación con la muerte; una situación en la
que hay una ausencia total de crítica racional. Como propone
Kastenbaum, la forma particular que tales imágenes revisten
difiere un poco en función de la formación cultural
específica del individuo y de sus experiencias personales,
en tanto los elementos comunes que presentan las ECM se deberían
a que todos compartimos algunos símbolos encerrados en
las profundidades de nuestras conciencias, lo que Jung ha denominado
inconsciente colectivo: un sustrato común de recuerdos
raciales y de tendencias engendrados con el correr del tiempo.
Según Kastenbaum, las ECM podrían cumplir una función
adaptativa psicobiológica. Experimentamos tales visiones
porque nos son útiles cuando nos enfrentamos a una situación
peligrosa: o bien intentamos algo que nos permita manejar el peligro
que se nos viene encima, o bien – cuando no podemos hacer
otra cosa – modificamos nuestra condición psicofisiológica,
inclinándonos hacia un funcionamiento alternativo. Con
el fin de que nuestro sistema de adaptación funcione correctamente,
nos vemos obligados a reducir la pérdida de energía
que supondría una lucha inútil contra lo irremediable.
Debemos alcanzar un estado psicofisiológico que dé
al cuerpo una oportunidad de reponerse, y lo lograremos activando
ciertos opiáceos cerebrales que nos proporcionan un estado
de relajación profunda, dando lugar paralelamente a la
aparición de las imágenes que se experimentan durante
una ECM. Aun en el caso de que la muerte sea la única salida,
estas sustancias cumplen la maravillosa función de calmarnos
y reconfortarnos, abriendo las puertas de nuestro inconsciente,
del que surge un fascinante conglomerado de visiones individuales,
culturales y raciales que se organizan para prepararnos a dar
el salto final hacia el vacío con el espíritu tranquilo
y lleno de esperanza.
Por el contrario, otros estiman que la ECM "representa un
camino hacia otra realidad, a un dominio superior que nos será
completamente accesible después de aquello que llamamos
la muerte". Estiman que el ser luminoso es una proyección
de nuestro ser interior, de un yo profundo superior, muy diferente
de la conciencia normal, y cuyo conocimiento del individuo le
permitiría revisar su vida en detalle y evaluarla objetivamente.
Lo que pueda aguardarnos después de la muerte sigue siendo,
por lo que a las ECM se refiere, un enigma. Pero hemos de sentirnos
dichosos de saber que partiremos a su encuentro felices y en paz,
libres del miedo y la incertidumbre que a veces nos angustian
al intentar aprehender un porvenir inestable desde esta brumosa
orilla. Esto sería suficiente para cambiar nuestra actitud
hacia la vida y la muerte, hacia el mundo y hacia nosotros mismos,
liberándonos de inquietudes negativas y superfluas.
Cuando se lee lo que un niño, investigado por el doctor
Morse, les dijo a sus padres, tras permanecer al borde de la muerte
sobre una mesa de operaciones, el corazón se libera de
temores y se llena de saludable esperanza: "Tengo que contarles
un secreto maravilloso. He estado a medio camino del cielo...".
Y es que el corazón – en su inmensa sabiduría
– tiene razones que la razón no es capaz de entender.