Desde que Erich Vön Däniken lanzara
en su libro "Recuerdos del futuro" la teoría
de que fuimos
visitados en la más remota antigüedad por seres inteligentes
provenientes de otros planetas, muchos
investigadores se han lanzado a la búsqueda de pruebas
de esa presencia extraterrestre. Esas
evidencias son hoy más que populares: los misterios de
las pirámides de Egipto y México, el
"astronauta" de Palenque, las "pistas de aterrizaje"
de Nazca... Pero, paralelamente, fueron surgiendo
hechos que no terminaban de acomodarse con esa hipótesis
y sí abonaban otra presunción: la de que
en un tiempo increíblemente remoto existió, sobre
la hez de la Tierra, una o varias culturas avanzadas
que desaparecieron, vaya uno a saber si por razones naturales
o se autodestruyeron, hasta casi
desaparecer toda huella de su paso por nuestro planeta.
Los científicos insisten en negar que pudiesen coexistir
dinosaurios y seres humanos hace unos
sesenta millones de años. Con suerte, el protohombre aparece
hace unos cuatro millones y, según
afirman, sólo hace cien mil que adquirimos algún
grado de organización cultural. Sin embargo, ninguno
de ellos ha sabido aclarar ciertas contradicciones presentadas
en diferentes puntos del mundo.
Por ejemplo, ¿cómo explicar el hallazgo realizado
por el doctor Clifford L. Burddick, geólogo de
Arizona, a orillas del río Paluxud en el estado de Texas?.
Eran unas huellas petrificadas, unas junto a
otras, que pertenecían a un dinosaurio y a un ser humano
de gran estatura, cuyo pie debió medir no
menos de cuarenta centímetros. Pero más sensacional
resultaría el descubrimiento hecho en 1968 en la
localidad de Antelope Springs (Utah, EEUU). Consistía en
las huellas fosilizadas de un par de
sandalias, en una de las cuales se veía un trilobite (molusco
prehistórico) también fosilizado, como si
alguien lo hubiera aplastado al pisarlo.
¿Vendría a ser este hallazgo la prueba de que hace
cien millones de años existía ya en nuestro
planeta una humanidad que caminaba calzada con sandalias?.
Algo más moderna sería la pisada descubierta en
1959 en el curso de la expedición chinosoviética
que, al mando del profesor Chun-Min Chey, se internó en
el desierto de Gobi. Éste, que se
encuentra entre el Himalaya y Mongolia, fue en otros tiempos un
mar que desapareció a resultas del
levantamiento de aquellas montañas.
La huella era de un zapato, claramente estampada en una roca de
dos millones de años cuando
todavía era blanda arena.
El periódico "London Times" dio a conocer en
sus ediciones del 24 de diciembre de 1851 y 22
de junio de 1884 dos ejemplos sumamente significativos. El primero
fue protagonizado por Hiram de
Witt, quien había abandonado California rumbo a Springfield
(Massachussets, EEUU) con un fragmento
de cuarzo aurífero en el bolsillo, voluminoso como un puño.
Se le cayó al suelo, por un descuido, y se
partió en dos. En el interior halló Hiram un clavo
de metal, ligeramente oxidado, derecho y dotado de
una cabeza perfecta. ¿Era simplemente una broma de la naturaleza?.
¿Podría decirse lo mismo del hilo de oro que apareció
incrustado en una roca, a tres metros de
profundidad?. Esto fue lo que encontraron unos obreros ingleses
en la cantera de Rutherford Mills,
cercana al río Twead, según informaría el
periódico mencionado en 1884.
En el órgano informativo de la British Association, número
51 de 1845, se dio a conocer el
hallazgo realizado en una cantera de Kingoodie, en el norte de
Inglaterra, avalado por el científico sir
David Brewster.
Era un clavo de hierro incrustado en un bloque de piedra. Los
obreros trabajaban en la cantera
desde hacía veinte años, pasando de una capa a otra
de roca sólida, y el clavo se encontraba a varios
metros de profundidad. ¿Se sabe quién -o qué-
colocó el clavo y en qué momento de la prehistoria
lo
hizo?. En absoluto.
Tampoco se sabe quién fue el artista que modeló
el jarrón hallado en 1852 en la población de
Dorchester, Massachussets. La revista "Scientific American",
número 7298 de aquél año informaría
que
una fuerte explosión sucedida el 1º de junio reveló
la existencia del jarrón, hundido en la roca como los
objetos mencionados. Tenía forma de campana y estaba hecho
de un material indefinido, decorado con
motivos florales de plata.
En su obra "El hombre eterno", Jacques Bergier se refería
al hallazgo que tuvo lugar el 13 de
febrero de 1961 en la población de Olanhs, California.
Mike Milesell, Wallace Lane y Virginia Maxey
encontraron una geoda que seccionaron con una sierra de diamante.
Las geodas son formaciones de
roca aparentemente macizas, pero que en su interior contienen
cristales. En esta ocasión, además de
los cristales apareció un fragmento de porcelana acompañado
de una varilla de dos centímetros de
largo y dos milímetros de grosor. Nadie supo explicar porqué
se encontraba la porcelana y la varilla
dentro de una geoda formada hace millones de años.
Otros hallazgos impresionantes
En el cañón Sisher, en el estado de Nevada (EEUU),
fue descubierta la huella dejada por un
zapato con viejas costuras en una roca que databa del Triásico.
¿Qué ser humano pisó el lugar, si se ha
dicho que el hombre prehistórico no sólo iba descalzo,
sino que apareció unos cuantos millones de
años después?.
No muy lejos de ese lugar, cerca de Delta (Utah, EEUU), el geólogo
William Meister halló en
1968 otras huellas de pisadas. Y en una de ellas había
unos trilobites enterrados, cuya antigüedad se
calculó en unos doscientos millones de años. ¿Acaso
existió una humanidad muy anterior a la conocida
por los historiadores?. ¿Fueron viajeros de una máquina
del tiempo los que dejaron las huellas, o seres
venidos de lejanas galaxias?.
En 1924 apareció en el cañón Hava Supai (Arizona
EEUU) una roca grabada con un dibujo que
representaba a un tiranosaurio, un reptil asesino de la era Secundaria.
Algún tiempo después, el
antropólogo norteamericano Hyatt Verrill estudió
una antigua cerámica de Panamá en la que se veía
dibujado un tipo de dragón alado muy semejante al pterodáctilo,
reptil volador del grupo de los
dinosaurios. Y en la legendaria ciudad de Tiahuanaco, que se encuentra
entre Perú y Bolivia, se halló la
figura de un toxodonte, ser que perteneció a la era Terciaria.
¿Vivían ya en aquellos tiempos seres
humanos que dibujaron a bestias prehistóricas que ya no
existen?.
Por otra parte, no hubo manera de analizar algunos hallazgos realizados
durante el siglo pasado,
o se perdieron misteriosamente. Algo así fue lo que sucedió
con cierto objeto de forma cúbica hallado
en una mina de carbón de Austria y que se conservó
largo tiempo en el museo de Salzburgo. La
prestigiosa revista científica "Nature" relataría
a fines del siglo pasado el caso del exedro en cuestión
que tenía una incisión en un costado y dos caras
opuestas ligeramente redondeadas. Era sin duda un
producto manufacturado, pero el bloque de carbón dentro
del cual apareció data del Carbonífero, hace
doscientos millones de años. ¿Vendría este
hallazgo a demostrar que durante la prehistoria vivió en
la
Tierra una tecnología metalúrgica avanzada?.
La increíble pila atómica
natural hallada en África
El antropólogo Adrian Dossier y el geólogo Peter
Beaumont, ambos australianos, descubrieron
hace unos años una vieja mina de hematite en la región
de Swazilandia, en el África del Sur, que había
sido explotada activamente hace la friolera de cuarenta mil años.
Pero no se compara este hallazgo con
el realizado en 1972 en el Gabón, territorio africano que
perteneció en tiempos pasados a Francia.
Desde 1969 se había comenzado a explotar el uranio de la
mina de Okla, pero tres años
después se encontró en aquél lugar lo que
parecía una verdadera pila atómica. El doctor Francis
Perrin,
directivo de la Comisión Francesa de la Energía
Nuclear, arribó a Okla para redactar un informe que
presentó a la Academia de Ciencias de París. Declaraba
en él que los científicos franceses que
supervisaron la producción de uranio se dieron cuenta de
que la composición del elemento obtenido
difería notablemente del de otros conocidos en otras minas
del planeta. Debía existir alguna explicación
para aquella anomalía. Y surgió entonces una hipótesis
para aclarar el fenómeno: parecía que los
cambios sufridos por el uranio en su estructura fueron provocados
hace millones de años por una pila
atómica semejante a la utilizada en los actuales laboratorios
de energía nuclear. Y aquella supuesta pila
atómica prehistórica dejó de funcionar cuando
el así llamado uranio 235 fue insuficiente para formar
una
reacción en cadena.
Los investigadores supusieron que esto debió de suceder
hace unos mil años, pero en cuanto a
cuál fue la técnica utilizada para poner en marcha
la increíble pila atómica natural y qué desconocido
pueblo la llevó a cabo, eso ninguno lo pudo determinar.
Otros descubrimientos incomprensibles han sido: el clavo de hierro,
de un largo de dieciocho
centímetros, encontrado por los españoles en el
Perú en el siglo XVI, que no había sufrido oxidación
y
estaba enterrado en una mina de plata. El clavo fue entregado
al virrey don Francisco de Toledo, quien
lo conservó en su poder largo tiempo. Otro hallazgo increíble
fue el de doscientos pares de zapatos de
fibra vegetal, hábilmente trenzados, que encontró
el doctor Luther S. Cressman, profesor de la
Universidad de Oregon, en una cueva de Lamos, Nevada. Las pruebas
realizadas con el calzado
probaron que su edad era de nueve mil años. ¿Perteneció
el calzado a un pueblo ya extinguido, capaz
de crear admirables obras de artesanía?.
Este caso en particular es para mí especialmente importante,
porque además de la rareza
histórica del caso, sociológicamente nos dice mucho;
concretamente, que ya en aquél entonces no
solamente un pueblo tenía la técnica sino (lo que
es mucho más importante como indicativo de
civilización) más aún: excedente de producción
para el consumo.
Ya que un pueblo primitivo sólo produce lo que estrictamente
necesita: caza y pesca lo justo, se
fabrica lo imprescindible. Pero cuando alguien puede dedicarse
tiempo completo a fabricar sandalias y
a acapararlas, es porque especula con la oferta y la demanda,
ya que no se desembaraza de ellas
inmediatamente lo que a su vez implica una ya compleja economía
de mercado, y en segundo lugar
porque es que entonces alguien caza, pesca y recolecta por él,
así como alguien guerrea por él, y otro
alguien construye refugios por él. Esta distribución
de tareas exclusivas es típico de bien estructuradas
culturas.
La ciencia perdida de los antiguos
El número 71 de "Annals of Scientific Discovery"
informaba sobre un curioso hallazgo realizado
en la cámara del tesoro del Palacio Real de Nínive,
antigua capital de Asiria. Era una lente de cristal
perfectamente tallada. Por aquellos mismos días, sir David
Brewster mostraría a sus colegas
londinenses otra lente cortada en cristal de roca, acerca de cuyo
uso no lograron ponerse de acuerdo
los científicos. ¿Era un objeto de adorno o fue
parte de un telescopio?. Este objeto, encontrado en la
actual Libia, tenía su correspondiente en el territorio
americano.
Cerca de Esmeralda, Ecuador, fue encontrada una lente convexa
de obsidiana, de cinco
centímetros de diámetro, que podía funcionar
como un espejo capaz de reducir una imagen sin
distorsionarla. Y en terrenos de La Venta, estado de Tabasco,
México, aparecieron lentes pulimentadas
que pudieron servir para montarlas en telescopios o para producir
fuego aprovechando los rayos del
sol.
J.S. Bailly, en 1781, descubrió que el plano de la órbita
terrestre es elíptico y coincide con el
plano del Ecuador. Este astrónomo, sin embargo, ignoraba
que en el siglo III antes de Cristo el griego
Aristarco de Samos había informado ya que la Tierra gira
en torno al Sol, y por esta razón sus paisanos
lo acusaron de turbar el reposo de los dioses. En Samos había
estado antes Pitágoras. ¿Llegaron
hasta Aristarco las lecciones del maestro, quien a su vez las
había aprendido -como tantas otras
cosas- de los egipcios?.
En cuanto a Eratóstenes, contemporáneo del anterior,
calculó con exactitud la circunferencia de
la Tierra. Este sabio griego había sido conservador de
la biblioteca de Alejandría y, en consecuencia,
debía tener acceso a textos poco conocidos. ¿Fue
culpa de su indiscreción que hubo más tarde interés
en destruir esa biblioteca -un total de siete veces- porque no
deseaba alguien que la humanidad
supiese demasiado?.
Se odia a veces a la ciencia porque se le
teme
Un fraile español llamado Diego de Landa, que llegó
a convertirse en obispo de Yucatán, mandó
quemar una verdadera montaña de documentos indígenas
porque consideraba que podrían perjudicar a
la religión católica. Años después
vino a darse cuenta que había cometido un disparate y quiso
recuperar lo poco que se había conservado de los textos
mayas. Pero el daño estaba hecho. Y no fue el
único personaje que haría lo mismo. En sus tiempos,
el cardenal Cisneros había quemado públicamente
en la ciudad de Toledo miles de viejos manuscritos, porque no
le parecían muy cristianos.
Antes que ellos, el emperador León III, llamado "el
Isáurico", que reinó del 717 al 741 de nuestra
era en Bizancio y se distinguió por su lucha feroz contra
las imágenes, extremó su celo iconoclasta al
grado de quemar unos trescientos mil volúmenes en la ciudad
de Constantinopla; por culpa de él, la
ciencia sufrió un considerable retraso.
La colección de Pisístrato quedó destruída
por el fuego en la Atenas del siglo IV antes de Cristo.
Por fortuna se salvaron los poemas de Homero. También quedaron
destruidos los papiros conservados
en el templo de Ptah, en Menfis, y la biblioteca de Pérgamo,
en el Asia menor, que constaba de
doscientos mil volúmenes. En cuanto a la ciudad de Cartago,
devastada por los romanos en el año 146
antes de la era cristiana, después de arder durante tres
semanas, perdió para la cultura del mundo
medio millón de importantes documentos escritos, muchos
de los cuales tal vez se referían a las tierras
situadas en la otra orilla del Atlántico.
También en la cultura china se quemaron libros en otros
tiempos. En el año 312 a.C., el
emperador Tsin-Shi Huan-Ti dictó una ley por la cual se
ordenaba destruir por el fuego todas las
bibliotecas de China. ¿Para que el pueblo no tuviese oportunidad
de instruirse o porque abundaban
textos que no convenía dar a conocer?. O como aquél
califa musulmán que alimentó durante seis meses
las calderas de los baños públicos de Bagdad con
libros de todo tipo, basado en el argumento de que
si lo que contenían esos libros estaba en el Corán,
entonces eran superfluos, y si no lo estaban, eran
herejes.
Los antiguos y el cielo
En el techo del templo egipcio de Denderah puede verse esculpido
un zodíaco. Pero lo
asombroso es que las estrellas aparecen en él tal como
estaban en el firmamento hace unos treinta mil
años, mucho antes del comienzo de la cultura egipcia tal
como la conocemos, cifrada por los
arqueólogos alrededor del año 2.800 antes de Cristo,
es decir, hace menos de cinco mil años. Y no se
trata este de un caso aislado, puesto que en el siglo IV de nuestra
era diría Simplicio que los egipcios
conservaban observaciones astronómicas de los últimos
seiscientos mil años. Aunque este sabio
hubiese sufrido el error de decir "años" en lugar
de "meses", lo que es muy improbable, la antigüedad
de
las observaciones sigue siendo increíble, ya que se remontaría
a cincuenta mil años atrás. Diógenes
Laercio databa los cálculos astronómicos de los
egipcios en unos cuarenta y ocho mil años antes de la
llegada de Alejandro Magno al país. Y Marcino Capella decía
que los egipcios estudiaron las estrellas
durante cuarenta mil años antes de revelar sus conocimientos
al mundo.
¿Conocieron los antiguos los poderes de la electricidad?
En los años '30, el ingeniero alemán Wilhem Köning,
a cargo por ese entonces del alcantarillado
de la ciudad de Bagdad, visitó un domingo el Museo Arqueológico
de esa ciudad. Le llamó la atención
una vitrina que reunía una serie de objetos bajo el ambiguo
rótulo de "objetos de culto" (una imprecisa
denominación con que los arqueólogos reúnen
las cosas a las que no pueden darles una explicación),
y
sus ojos de técnico descubrieron algo que hablaba de ciencia
en lugar de mística. Eran unos
recipientes de barro, de unos quince centímetros de altura,
que contenían un cilindro de cobre tapado en
su parte inferior. Dentro del cilindro vio Köning una varilla
de hierro. Aquello podía ser cualquier cosa
menos un objeto de culto. Investigó en el interior del
recipiente y halló vestigios de ácido, que había
corroído el metal. ¿Tenía frente a él
una pila eléctrica utilizada hacía catorce siglos
por lo menos?.
Vino el paréntesis de la Segunda Guerrra Mundial y años
más tarde el científico Willy Ley
construyó un duplicado del recipiente en el laboratorio
de alto voltaje de la General Electric. Su
colaborador Willard Ley introdujo sulfato de cobre en el recipiente,
ácido acético y cítrico, conocidos en
la antigüedad, y la pila comenzó a trabajar.
Se descubrió a continuación que aquellas pilas de
Bagdad eran nuevas si las comparaban con
otras halladas por el mismo rumbo, que se remontaban al siglo
X antes de Cristo. Cuatro recipientes de
barro con cilindros de cobre aparecieron cerca de Tell Olar, próximo
a Bagdad. Y diez más en Ktesifon,
hallados por el profesor E. Kuhnel, del Museo de Estado de Berlín.
En la biblioteca Prince, en Uijjain,
India, se conserva un documento conocido como "Agastya Samshita",
que también data del siglo X
antes de Cristo. Contiene la descripción de una batería
eléctrica, así como un aparato para dividir el
agua en sus dos elementos, oxígeno e hidrógeno.
No existen pruebas de que los antiguos utilizasen la electricidad
producida por estas pilas para
iluminarse, pero sí las hay en cuanto a su aplicación
para dar baños electrolíticos a ciertas piezas.
El
arqueólogo francés Augusto Mariette halló
a mediados del siglo pasado objetos recubiertos con una
delgadísima capa de oro, en la región de Gizeh.
Pero jamás se encontraron los aparatos que sirvieron
para dar estos baños. El secreto de la electricidad fue
muy bien guardado, pero hay veladas alusiones a
lámparas y aparatos utilizados en aquellos tiempos.
¿Qué clase de energía utilizaba la lámpara
mencionada por Pausanias, quien vivió en el siglo II
de nuestra era, la cual ardía en el templo de Minerva sin
extinguirse?. San Agustín decía que en un
templo egipcio dedicado a la diosa Isis vio una lámpara
que ni el más fuerte viento podía apagar. En su
"Historia de la Magia", Eliphas Levi (seudónimo
de Alphonse Louis Constant) menciona a un rabino
francés llamado Jequiel, quien vivió en la corte
de Luis IX, en el siglo XIII. Este hombre utilizaba una
lámpara que no quemaba aceite y que colocaba en la puerta
de su casa para ahuyentar a los ladrones.
Recibían éstos una descarga si querían forzar
la puerta. Jamás reveló a nadie la clase de energía
utilizada en la lámpara, que recordaba a la que menciona
el Antiguo Testamento en el capítulo dedicado
al Arca de la alianza.
Éstas son, si se quiere, gotas de misterios. Indicios crepusculares
y poco conocidos, pero no por
ello menos apasionantes, de que la Historia, la que se enseña
todos los días en escuelas, colegios y
universidades, tiene Otra Realidad que no merece ser olvidada.
Gustavo Fernandez - Al Filo de la Realidad N° 9