En 1991, un
grupo de científicos y militares impulsado por el Ministerio de
Defensa inició una investigación sobre los informes OVNI denunciados
en la localidad entrerriana de Victoria y otras zonas de la Argentina.
El proyecto finalizó en 1997, pero sus conclusiones aún se mantienen
en secreto. Hoy, su historia sólo puede ser reconstruida a partir
de filtraciones y furtivas entrevistas con miembros del grupo
que luego dirán que ellos no hablaron.
Por Alejandro
Agostinelli
ANTES DE JULIO DE
1991, el cerro Uritorco, en Capilla del Monte, Córdoba, monopolizaba
la atención de los aficionados a los OVNIs. Después de esa fecha,
el foco de interés se desplazó a la ciudad de Victoria, provincia
de Entre Ríos, situada a 330 kilómetros de Buenos Aires. Un paraje
con su encanto, pero sin la tradición ufológica que poseían las
sierras cordobesas. En poco tiempo, habitantes, turistas y ufólogos
en vigilia denunciaron desde avistamientos comunes y silvestres
hasta espeluznantes encontronazos con humanoides, desde historias
de rapto hasta sorprendentes relatos de teleportación.
La versión según la cual un anónimo grupo cívico-militar "realizaba
operaciones" en el lugar emergía en un contexto fántastico. Por
aquellos días, una oleada de rumores comenzó a proliferar como
corros de brujas: el 17 de Setiembre, por ejemplo, el principal
medio gráfico del país, el diario Clarín, publicó que un
periodista local vio a "técnicos de la NASA" entrevistando testigos.
Mientras tanto, algunos ufólogos hablaban de helicópteros negros
que sobrevolaban el Delta del Paraná y otros denunciaban bases
subacuáticas de Entidades Biológicas Extraterrestres (EBE's).
Desde la ciudad de Rosario, un tal Eduardo Fuentealva,
editor del periódico Zona Prohibida, aseguraba que en Gualeguaychú,
cerca de Victoria, habían caído cinco naves alienígenas. Gendarmería
Nacional -advirtió- había cercado el área porque estaba "infectada
de Grises". El mismo ufólogo mencionaba la presencia de antenas
parabólicas misteriosas, vehículos sin identificación con parabrisas
polarizados, servicios de inteligencia comprando el silencio de
los testigos, cañones láser apuntando al refugio de los EBE's
Lo malo no era que,
en franco ejercicio de su libertad de expresión, alguien hiciera
estas declaraciones; lo grave era que hubiese un auditorio dispuesto
a aceptarlas. De hecho, por aquellos días, los integrantes del
grupo evangélico-contactista Radar-1 anunciaban a quienes quisieran
escucharlos que se preparaban para "defenderse de un inminente
ataque de los Grises". Y en la misma ciudad de Victoria, Guillermo
Romeu, el ahora difunto líder de aquel grupo platillista,
daba pruebas de la seriedad con que se tomaba sus creencias exhibiéndose
con armas de grueso calibre.
Así, aquel apacible
paisaje mesopotámico, que hasta entonces sólo era conocido por
sus siete colinas y su cordial abadía benedictina, acababa de
convertirse en el nuevo santuario platillista nacional. Y el efecto
bola de nieve se volvió imparable. Por eso, cuando trascendió
que aquel "misterioso grupo cívico-militar" iba a rastrear el
fondo de la Laguna del Pescado, escenario privilegiado de los
fenómenos de Victoria, las suspicacias se tornaron inevitables.
LEJOS DEL
RUIDO
Pero aquellos rumores eran ciertos. Desde 1991, Victoria había
comenzado a ser visitada por investigadores civiles y militares
empleados en áreas oficiales, algunos de los cuales formaban parte
del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las
Fuerzas Armadas (CITEFA), un organismo dependiente del Ministerio
de Defensa.
Vista aérea de las importantes instalaciones del Instituto
de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas
(CITEFA), en Villa Martelli, Pcia. de Buenos Aires. Fuente: http://www.citefa.gov.ar/
La confirmación sobre la existencia del llamado Grupo de Trabajo corrió
por cuenta del capitán de fragata (RE) Daniel Alberto Perissé
en Diciembre de 1991, durante un congreso ufológico celebrado en
la ciudad santafesina de San Lorenzo. En aquella ocasión, Perissé
-uno de los militares cuya biografía está más imbricada con la historia
de la ufología argentina- admitió que él mismo estaba entre sus
miembros más activos. Testigo central de los avistamientos en la
Base Naval de la isla Decepción en 1965, desde entonces investigó
centenares de casos, tanto mientras acompañó al capitán Omar
Roque Pagani en la División OVNI de la Armada Argentina como
cuando colaboró apasionadamente con distintos grupos ufológicos.
Retirado de la Marina en 1985, hasta 1988 formó parte de la Comisión
de Investigaciones Ufológicas (CIU), el mismo grupo que integraba
el autor de estas líneas. Nadie mejor que él, entonces, para dar
detalles sobre aquella singular iniciativa. Pero, tras recibir un
tirón de orejas oficial por su infidencia en San Lorenzo, no volvió
a abordar el tema.
Así, por otras vías, supimos que el presidente del grupo era el
comodoro (RE) Juan Carlos Mascietti, en cuya foja de servicios
constaba haber sido jefe de Planeamiento del Estado Mayor Conjunto
durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín y secretario general
del CITEFA. Desde el principio, el Grupo optó por el "perfil bajo".
La contraparte civil era liderada por el espeleólogo Julio Goyén
Aguado, recordado por sus exploraciones en la cueva de los Tayos,
Ecuador, con el astronauta Neil Armstrong. Goyén, presidente del
Centro Argentino de Espelología (CAE), justificaba su mutismo alegando
que "todavía no había nada para decir".
En 1996, el comodoro Mascietti, derrotado por la insistencia del
autor de estas líneas, aceptó dar un breve -y único- reportaje.
Así, para la revista Descubrir, explicaba: "Actuamos con
prudencia porque no nos interesa meternos en el ruido. Además, debemos
proteger la privacidad de científicos que no están interesados en
ver su nombre en letras de molde. Tampoco, por las características
de este trabajo, queremos contaminar ni ser contaminados".
En un intervalo del Congreso sobre OVNIs de San Lorenzo,
(San Lorenzo, Santa Fe, 1991), el Capitán Perissé dialoga con
Alejandro Agostinelli. En segundo plano caminan Juan Carlos Spadafora
y Javier Stagnaro. (Foto: Rubén Morales)
Si bien Mascietti admitió que poseían un "aval informal" de las
Fuerzas Armadas (consistente en su mayor parte de elementos logísticos),
esperaba que de un momento a otro el Ministerio de Defensa oficializara
el Grupo, para lo cual "no contaban con la simpatía de las autoridades
militares, pero con poco consenso a nivel político. No era para
menos: por aquellos años gobernaba Carlos Saúl Menem, recordado
por sus brutales índices de corrupción. Esa administración podía
permitirse cualquier lujo, menos que se dijera que había autorizado
presupuesto para investigar platos voladores.
Cauteloso y midiendo cada palabra, Mascietti declinó dar su opinión
personal sobre los OVNIs. De paso, me rogó que no confundiera a
su gente con un grupo ufológico más: "Aquí se comparten unos pocos
criterios: 1) nuestro compromiso de no revelar opiniones personales;
2), que debemos ser escépticos y 3), que hay ciertos fenómenos que
deben ser explicados." Y finalizó con una definición servida como
para titular: "Antes que ufólogos, somos científicos que estamos
buscando la verdad."
Si tal era el caso, la siguiente pregunta debía apuntar al corazón
del hermetismo: "¿No cree que un exceso de 'secretismo' confirma
o potencia las ideas conspirativas a la que son propensos ciertos
ufólogos?", le pregunté. "Vea, eso nos tiene sin cuidado -contestó
Mascietti-. Por ahora, nuestra actividad es extraoficial, y costeamos
los pocos gastos que esto nos insume de nuestros propios bolsillos.
Si no hablamos es sencillamente porque no tenemos nada que informar."
La informalidad alegada por Mascietti se contradecía con el argumento
que daba alguno de sus compañeros civiles para no dar entrevistas:
"El protocolo del proyecto -dijo uno de ellos- nos exigió firmar
un 'convenio de confidencialidad' y, según el contrato, el dueño
de la investigación es el Ministerio de Defensa." El mismo profesional
justificó los dichos de Mascietti (en el sentido de que "los gastos
salían de sus bolsillos") por la posición que ocupaba y por los
magros sueldos del Estado.
Durante años, el Grupo de Trabajo -integrado por un químico, un
matemático, un geólogo y un psicólogo forense, docentes en la Universidad
de Buenos Aires o investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas (CONICET)- celebró discretas reuniones semanales
en dependencias del CITEFA. La mayoría de ellos tenía en común su
amistad con Goyén Aguado, alma mater del grupo, y su temor a ser
"escrachados" por la prensa. Esa alergia a la publicidad también
obececía a otras razones: cualquier publicación inoportuna podía
trabar la oficialización.
Las actividades del
grupo no se limitaron a Victoria. En 1995, sus integrantes investigaron
el llamado "caso Bariloche" (el sonado encuentro aéreo protagonizado
por el comandante de Aerolíneas Argentinas, Jorge Polanco)
y recogieron el testimonio de las observaciones denunciadas en
Laguna Setúbal (Santa Fe), donde algunos ufólogos alertaron sobre
las incursiones de unos misteriosos helicópteros negros (en realidad,
unidades adaptadas para vuelos nocturnos que la Fuerza Aérea Argentina
había comprado a la USAF para luchar contra el narcotráfico).
Entrevistaron a testigos en Capilla del Monte (Córdoba), en Navarro
(Buenos Aires) y se interesaron en la caída de un objeto, seguido
de una explosión, en la provincia de Salta, un aún misterioso
suceso ocurrido el 17 de agosto de 1995.
Todas estas encuestas fueron solventadas con el apoyo financiero
del Ministerio de Defensa, personal rentado del CONICET y el apoyo
logístico de la Gendarmería Nacional. La colaboración que prestó
a título informal este último organismo merece una explicación
aparte: tiempo atrás, Goyén Aguado había contribuido a crear un
departamento espeleológico en Gendarmería. Así, a Goyén Aguado
(quien recibía de ese organismo un sueldo simbólico) le resultaba
sencillo obtener permisos especiales para que los miembros del
grupo pudieran pernoctar en pabellones militares o se les facilitara
equipos. Goyén fue quien se ocupó -a pedido de Mascietti- de reunir
al personal científico. Fue sencillo: reclutó al mismo staff que
colaboraba con él en el Centro Argentino de Espeleología.
SECRETOS EN
DEFENSA
La oficialización del Grupo que, si las cosas salían como
estaban previstas, iba a llamarse Comisión de Estudios de Fenómenos
Espaciales (CEFE) o Comisión Nacional Investigadora de Fenómenos
Anómalos (CNIFA), nunca se concretó. Cuando se estaba por cumplir
el plazo de cinco años que Mascietti se había propuesto para ofrecer
un balance público de los estudios, una serie hechos (dos de ellos
trágicos) fueron retrasando hasta prácticamente paralizar la iniciativa:
el capitán Perissé, uno de los puntales del grupo, enferma gravemente;
el comodoro Mascietti deja Buenos Aires con destino incierto y,
ya en el 2000, Goyén Aguado pierde la vida en un dramático accidente.
La desaparición de Goyén fue -por muchas razones- una pérdida
irreparable. En el caso del Grupo de Trabajo, algunos integrantes
admiten que su empuje es irremplazable.
Tras la dolencia
que alejó a Perissé, sin duda quien poseía más experiencia y conocimientos
sobre el tema, el grupo sumó a otros ufólogos. Algunos juran que
jamás revelarán lo que saben (que no debe ser mucho) por un pacto
de amistad con Goyén Aguado y sus compañeros. Otros, en cambio,
custodian presuntos secretos con la misma cerrazón que se le suele
atribuir a los militares, confirmando que no existe mayor "conspirador
del silencio" que un ufólogo bajo el ala de una autoridad oficial.
Este culto al secretismo,
en un grupo que además estaba integrado por civiles, era toda
una novedad. "Las esferas de seguridad argentinas escribió
el doctor Oscar A. Galíndez en Los OVNIS ante la ciencia,
publicado en 1971- abordan al fenómeno con mayor franqueza que
en otros países del orbe". Galíndez, pionero de la ufología científica
nacional, se refería así a la actitud de las Fuerzas Armadas ante
los informes sobre OVNIs, donde los encargados del dossier hablaban
sin protocolo sobre sus investigaciones. El capitán Pagani, por
ejemplo, escribía columnas sobre el tema en la prensa, colaboraba
con organismos ufológicos y mantenía un diálogo franco con sus
colegas civiles. Pero aquellos tiempos habían quedado lejos, demasiado
lejos: los '90 eran los años de la paranoia, por lo que había
que actuar en consecuencia.
Aún así, el autor
estableció que, en 1997, el equipo científico del grupo, por el
CONICET, y el comodoro Mascietti, por el CITEFA, acudieron
al Ministerio de Defensa para entregar un informe de unos 300
folios al entonces secretario de Asuntos Militares (y actual viceministro)
del Ministerio Defensa, licenciado Jorge Pereyra De Olazabal,
en presencia de representantes de las tres armas. Del contenido
de ese expediente sólo recabamos que el proyecto habría determinado
la existencia de "fenómenos no identificados que dejan efectos
físicos comprobables". Aún así, el informe aclararía que "esto
no arroja evidencia sobre la naturaleza de estos fenómenos, que
permanecen sin explicación". Si se llegara a confirmar que éstas
fueron las conclusiones, es curioso que el Ministerio no hubiera
alentado estudios ulteriores ni volviera a convocar al grupo.
Ahora, el actual
presidente del CITEFA, general brigadier Máximo Julio Abbate,
y el licenciado Pereyra De Olazabal, tienen la palabra:
esta "versión no autorizada" de los hechos (sin dudas tan subjetiva
como llena de lagunas) sugiere que viene siendo hora de contar
la "historia oficial". No sería justo que el dossier siga durmiendo
en un despacho oficial.